Doble y Mitad
Sentado en un banco desvencijado y con la pintura verde desconchada, Javier miraba el cielo empañado por unas nubes blancas. Aburrido y vacío; ese era su diagnóstico. Se consideraba, a sus veinticinco años, un anciano prematuro sin ánimo de hacer nada. «Tocado y hundido», se repetía. Sacó un cigarrillo del bolsillo de su chaqueta de lana jaspeada y lo encendió mecánicamente. Aspiró el humo y cerró los ojos…
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